Juan Rivera Pascual

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¿Cómo detectar a un pederasta? Señales de alerta, falsos mitos y prevención

¿Se puede detectar a un pederasta antes de que abuse? Señales, mitos y lo que realmente dice la ciencia

Pensar que un pederasta puede reconocerse a simple vista resulta tranquilizador. Nos permite imaginar que existe un determinado perfil, una forma de comportarse o algún rasgo que nos alertará antes de que un menor esté en peligro.

La realidad es bastante más incómoda.

No existe un aspecto físico que permita identificar a una persona que pueda cometer un abuso sexual contra un menor. Tampoco existe una lista de características psicológicas que permita señalar a alguien y concluir que cometerá un delito.

Pero esto no significa que la prevención sea imposible.

Hay conductas, dinámicas y vulneraciones de límites que sí merecen atención, especialmente cuando un adulto intenta construir con un niño una relación caracterizada por el secreto, el aislamiento, los privilegios especiales o la progresiva desaparición de los límites adecuados entre adulto y menor.

Por eso quizá estamos formulando mal la pregunta.

Más que preguntarnos “¿cómo reconocer a un pederasta?”, deberíamos preguntarnos:

¿qué comportamientos pueden indicar que los límites de seguridad alrededor de un menor están siendo vulnerados?

La diferencia es enorme.

Pedofilia y pederastia: primero debemos diferenciar conceptos

Antes de continuar conviene recordar algo que en esta web ya hemos explicado: pedofilia y pederastia no son sinónimos.

La pedofilia hace referencia a una atracción sexual hacia menores prepuberales en un contexto clínico determinado. La pederastia, en el uso habitual en España, se refiere a la conducta sexual delictiva cometida contra menores.

Esta distinción resulta esencial para hablar seriamente de prevención.

Sentir una atracción no equivale automáticamente a cometer un delito y, al mismo tiempo, no todas las personas que cometen abusos sexuales contra menores responden necesariamente a un diagnóstico de trastorno pedofílico.

Confundir ambas realidades no ayuda a proteger mejor a los niños.

Entonces, ¿existe un perfil del pederasta? cómo detectar a un pederasta guía práctica

No existe un retrato robot fiable.

No podemos afirmar que una persona es peligrosa porque sea solitaria, cariñosa con los niños, tenga determinada profesión, sea hombre o mujer, esté casada o soltera, tenga hijos o no los tenga.

Muchos de esos estereotipos pueden incluso perjudicar la prevención.

Nos hacen buscar al supuesto desconocido inquietante mientras ignoramos algo mucho más importante: las conductas concretas y los límites que existen alrededor del menor.

La investigación sobre violencia sexual identifica diferentes factores asociados estadísticamente con mayor riesgo de perpetración, pero tener uno o varios de ellos no significa que una persona vaya a cometer una agresión.

Entre los factores estudiados aparecen variables individuales, familiares, relacionales, comunitarias y sociales. Ninguna de ellas constituye por sí sola una prueba.

Por eso debemos abandonar la idea del “perfil infalible”.

No hay que buscar personas que “parezcan pederastas”, sino comportamientos inadecuados

Esta es probablemente la idea más importante de todo este artículo.

Una política eficaz de protección infantil no debería basarse en intentar adivinar qué piensa un adulto.

Debe establecer límites aplicables a todos los adultos.

No importa quién sea.

Un profesor querido, un entrenador extraordinario, un familiar, un monitor, un sacerdote, un vecino, un amigo de la familia o cualquier otra persona debe respetar los mismos límites.

De hecho, el Convenio de Lanzarote del Consejo de Europa dedica especial atención a la protección de los menores frente al abuso producido dentro de su denominado círculo de confianza.

La prevención empieza cuando dejamos de pensar únicamente en “personas peligrosas” y comenzamos a construir entornos seguros.

¿Qué comportamientos deberían llamar nuestra atención?

Ninguna de las siguientes conductas demuestra por sí misma que una persona esté abusando o pretenda abusar sexualmente de un menor.

Sin embargo, determinadas combinaciones o patrones justifican prestar atención y reforzar los límites.

1. Crear una relación excesivamente exclusiva con un niño

Debe llamarnos la atención que un adulto busque reiteradamente convertir a un determinado menor en “su favorito” de una manera que sobrepasa los límites normales de la relación.

El problema no es tener cariño a un niño.

El problema aparece cuando esa relación comienza a excluir a otros adultos, genera dependencia o adquiere características que no corresponden a la edad del menor ni al papel del adulto.

2. Fomentar secretos entre el adulto y el niño

La privacidad es normal.

Los secretos destinados a impedir que los padres o responsables conozcan determinadas interacciones merecen mucha más atención.

Frases aparentemente inocentes como “esto es nuestro secreto” pueden utilizarse para normalizar progresivamente una relación en la que el menor aprende que existen cosas que no debe contar.

Una buena educación preventiva puede enseñar una regla sencilla:

Ningún adulto debería pedir a un niño que mantenga en secreto algo que le produzca miedo, incomodidad o confusión.

3. Regalos y privilegios difíciles de justificar

Un regalo tampoco significa abuso.

Pero los regalos, privilegios, dinero o favores pueden formar parte de procesos de captación cuando se utilizan para generar deuda emocional, dependencia o una relación excepcional con el menor.

Lo relevante vuelve a ser el contexto.

¿Por qué ese niño recibe un trato especial?

¿Lo conocen sus padres?

¿Existe alguna razón legítima?

¿Se pide discreción?

4. Buscar oportunidades innecesarias para quedarse a solas

Hay multitud de situaciones completamente normales en las que un adulto puede estar solo con un menor.

Lo preocupante aparece cuando alguien crea repetidamente oportunidades innecesarias de aislamiento o intenta evitar deliberadamente la presencia y supervisión de otros adultos.

Los entornos infantiles seguros reducen precisamente las situaciones de aislamiento innecesario.

5. Ignorar reiteradamente los límites físicos o emocionales del menor

Un niño tiene derecho a mostrar que algo le incomoda.

Obligarlo sistemáticamente a aceptar besos, abrazos, cosquillas u otras muestras físicas pese a expresar rechazo puede transmitirle una idea peligrosa: que un adulto puede decidir sobre su cuerpo aunque él diga que no.

La educación preventiva debería enseñar justamente lo contrario.

Su cuerpo merece respeto.

6. Comunicación privada excesiva o inapropiada

El teléfono móvil ha cambiado radicalmente la relación entre adultos y menores.

Profesores, entrenadores, monitores y otros adultos pueden necesitar comunicarse con adolescentes por motivos perfectamente legítimos.

Pero debemos preguntarnos:

¿Por qué necesita determinado adulto mantener conversaciones privadas constantes con ese menor?

¿Por qué escribe de madrugada?

¿Por qué pide trasladar conversaciones a plataformas menos supervisadas?

¿Por qué determinadas comunicaciones deben permanecer ocultas a los padres?

La tecnología no crea necesariamente el riesgo, pero puede proporcionar espacios privados que antes no existían.

Grooming: cuando la confianza se convierte en una herramienta

Uno de los conceptos fundamentales para entender la prevención es el grooming.

No debemos imaginarlo únicamente como “un desconocido que engaña a un niño por Internet”.

Puede producirse también fuera de Internet.

En términos generales, consiste en un proceso mediante el cual una persona construye confianza con un menor —y en ocasiones también con quienes lo protegen— para facilitar posteriormente determinadas conductas abusivas, aumentar el secreto o reducir la posibilidad de ser descubierto.

Puede incluir atención especial, regalos, aislamiento, progresiva transgresión de límites y normalización de comportamientos que inicialmente habrían resultado extraños.

Precisamente por eso puede resultar difícil de detectar.

Cada pequeño paso, contemplado aisladamente, puede parecer inocente.

El problema aparece al observar el patrón completo.

El gran error: enseñar a los niños únicamente a desconfiar de desconocidos

Durante décadas hemos repetido a los niños:

“No hables con extraños.”

No es un mal consejo, pero es claramente insuficiente.

La prevención moderna debe enseñar algo mucho más útil:

los límites son los mismos independientemente de quién sea la persona.

Un menor debería poder reconocer una situación inadecuada aunque quien la protagonice sea alguien querido o respetado.

Eso significa enseñar que puede decir no.

Que puede contar algo aunque haya prometido guardar un secreto.

Que nunca será culpable si un adulto incumple los límites.

Que puede pedir ayuda a más de un adulto si el primero no le escucha.

Y que determinadas partes de su intimidad pertenecen exclusivamente a él salvo situaciones justificadas de cuidado, higiene o salud realizadas adecuadamente.

¿Podemos predecir quién cometerá un abuso?

No con certeza.

Y debemos ser extremadamente cuidadosos con esta cuestión.

Los factores de riesgo funcionan a nivel estadístico y poblacional. No son herramientas para acusar individualmente a una persona.

Confundir ambas cosas podría producir graves injusticias.

La prevención eficaz no consiste en elaborar listas de sospechosos.

Consiste en reducir oportunidades para el abuso, establecer protocolos, enseñar límites saludables, favorecer que los niños puedan hablar y actuar ante comportamientos preocupantes antes de que la situación avance.

También debemos hablar de prevención antes del delito

Existe otra parte incómoda de esta conversación.

¿Qué ocurre con una persona que reconoce en sí misma pensamientos, fantasías o impulsos sexuales hacia menores y no quiere hacerles daño?

La respuesta social no puede limitarse a esperar que exista una víctima para intervenir.

La prevención también significa facilitar que quien perciba un riesgo pueda solicitar ayuda profesional antes de cometer un delito.

Buscar tratamiento no convierte automáticamente a alguien en delincuente.

Precisamente puede constituir una decisión responsable destinada a evitar que llegue a existir una víctima.

Una estrategia seria contra el abuso sexual infantil necesita trabajar en ambos extremos:

proteger a los menores y actuar sobre los factores de riesgo antes de que se produzca el daño.

¿Qué pueden hacer las familias?

No podemos vigilar a nuestros hijos las veinticuatro horas.

Ni sería saludable intentarlo.

Podemos hacer algo mucho más poderoso: construir una relación en la que sepan que pueden contarnos cualquier cosa.

Un niño que teme un castigo por haber hablado con alguien por Internet puede ocultar lo sucedido.

Un adolescente convencido de que le retirarán inmediatamente el móvil puede retrasar una petición de ayuda.

Por eso, ante una revelación preocupante, la primera reacción adulta importa enormemente.

Escuchar.

Mantener la calma en la medida de lo posible.

No culpabilizar.

No interrogar obsesivamente.

Y buscar ayuda profesional cuando sea necesario.

La prevención debe estar también en colegios y clubes deportivos

Proteger a los menores no puede depender exclusivamente de las familias.

Colegios, academias, asociaciones juveniles, clubes deportivos y cualquier organización que trabaje con niños debería disponer de protocolos claros.

Por ejemplo:

  • reglas transparentes sobre comunicaciones digitales;
  • límites para reuniones individuales;
  • procedimientos para comunicar comportamientos preocupantes;
  • formación de profesionales;
  • canales de denuncia conocidos;
  • criterios claros sobre contacto físico;
  • mecanismos de supervisión.

El objetivo no es tratar a todos los adultos como sospechosos.

Es exactamente el contrario.

Crear normas claras protege simultáneamente a los niños y a los buenos profesionales.

Un comportamiento extraño tampoco convierte automáticamente a alguien en pederasta

Conviene insistir en ello.

Acusar falsamente a una persona de un delito sexual puede destruir su vida.

Por eso debemos evitar convertir artículos como este en una especie de test casero.

“No respeta límites + hace regalos + le gustan los niños = pederasta” sería una conclusión absurda.

La realidad humana es muchísimo más compleja.

Lo que podemos identificar son situaciones que justifican establecer límites, supervisar, preguntar o solicitar asesoramiento profesional.

Y ante indicios concretos de abuso, corresponde acudir a los profesionales y autoridades competentes.

El objetivo no es descubrir monstruos

Quizá uno de nuestros mayores errores culturales haya sido representar siempre al abusador sexual infantil como un monstruo perfectamente reconocible.

Resulta reconfortante.

También puede resultar peligroso.

Porque los monstruos se reconocen.

Las personas normales, no.

La prevención no puede depender de nuestra capacidad para decidir quién nos inspira confianza.

Debe depender de sistemas que dificulten el abuso independientemente de quién sea el adulto.

Tenemos que enseñar a los niños que sus límites importan.

Tenemos que escuchar cuando algo les preocupa.

Tenemos que formar a quienes trabajan con menores.

Tenemos que crear canales seguros para comunicar comportamientos inadecuados.

Y también debemos permitir que quienes detectan en sí mismos factores de riesgo puedan solicitar ayuda antes de hacer daño.

La pregunta inicial era:

¿Se puede detectar a un pederasta antes de que abuse?

La respuesta más rigurosa es:

no podemos identificar con certeza quién cometerá un delito sexual contra un menor.

Pero sí podemos detectar determinadas vulneraciones de límites.

Sí podemos reconocer procesos de grooming.

Sí podemos crear entornos que reduzcan las oportunidades.

Sí podemos educar a niños y adultos.

Y, sobre todo, sí podemos intervenir antes de que exista una víctima.

Ese debería ser siempre el objetivo.


Fuentes y documentación

Para la elaboración y actualización de este artículo resulta recomendable consultar documentación del Consejo de Europa y el Convenio de Lanzarote, especialmente sus materiales sobre prevención del abuso sexual infantil, círculo de confianza y grooming; la Organización Mundial de la Salud, en sus materiales sobre maltrato infantil y prevención; y los Centers for Disease Control and Prevention (CDC) sobre factores de riesgo y protección relacionados con violencia sexual y maltrato infantil.

Estas fuentes distinguen entre factores de riesgo, conductas preocupantes y predicción individual: un factor asociado estadísticamente con mayor riesgo no permite concluir que una persona concreta vaya a cometer un delito.

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