Juan Rivera Pascual

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¿Todos los pedófilos son pederastas? La diferencia entre atracción y abuso sexual infantil

No todos los pedófilos son pederastas. La diferencia entre atracción y abuso sexual infantil.

Cuando se habla de pedofilia, pederastia y abuso sexual infantil, es habitual utilizar los tres conceptos como si fueran sinónimos. En una conversación cotidiana puede resultar comprensible, pero desde el punto de vista científico, clínico y jurídico esta equivalencia conduce a un error importante.

No, no todos los pedófilos son pederastas y no todos los abusadores sexuales de menores presentan pedofilia.

La afirmación puede resultar incómoda. Incluso puede parecer, a primera vista, que establecer esta diferencia pretende suavizar la gravedad de la pedofilia. Es exactamente lo contrario.

Comprender correctamente los conceptos permite estudiar mejor el problema, identificar los factores de riesgo y, sobre todo, plantear algo que debería constituir una prioridad absoluta: prevenir el abuso antes de que exista una víctima.

La investigación científica lleva años diferenciando entre la existencia de un interés sexual hacia niños y la comisión de delitos sexuales contra menores. Una revisión de referencia del psicólogo e investigador Michael C. Seto define la pedofilia como un interés sexual hacia niños prepúberes y señala que, aunque está relacionada estadísticamente con los delitos sexuales contra menores, existen personas con pedofilia que no han mantenido contacto sexual conocido con niños. Al mismo tiempo, aproximadamente la mitad de los agresores sexuales de niños podrían no cumplir los criterios diagnósticos de pedofilia.

Esta distinción es el punto de partida para comprender un fenómeno mucho más complejo de lo que suele reflejar el lenguaje popular.

¿Qué significa realmente pedofilia?

En términos generales, la pedofilia hace referencia a un interés o atracción sexual hacia niños prepúberes.

Cuando hablamos específicamente de trastorno pedofílico, entramos en el terreno de la clasificación psiquiátrica.

Los criterios clínicos del DSM-5-TR, recogidos por el Manual MSD, contemplan fantasías, impulsos o comportamientos sexualmente excitantes, recurrentes e intensos relacionados con niños prepúberes, habitualmente de 13 años o menos, durante al menos seis meses. Para establecer el diagnóstico se consideran además otros criterios clínicos, entre ellos la edad de la persona y la diferencia de edad respecto al menor.

La Organización Mundial de la Salud también incluye el trastorno pedofílico (6D32) dentro de los trastornos parafílicos de la CIE-11.

Pero aquí aparece la primera cuestión esencial:

una atracción es un fenómeno psicológico; un abuso es una conducta.

Y ambas cosas no deberían confundirse.

¿Qué entendemos entonces por pederastia?

En español, la palabra pederastia se utiliza habitualmente para referirse a la práctica de actividades sexuales de un adulto con menores.

En el lenguaje periodístico y cotidiano suele utilizarse, por tanto, para hablar del comportamiento abusivo, mientras que pedofilia hace referencia fundamentalmente al interés sexual.

Esta diferencia permite comprender una frase que puede resultar sorprendente:

Una persona puede presentar una atracción pedofílica sin haber abusado sexualmente de un niño.

También puede suceder lo contrario:

Una persona puede cometer un abuso sexual contra un menor sin presentar una preferencia sexual pedofílica estable.

La segunda afirmación es probablemente todavía menos conocida.

¿Cómo puede alguien abusar de un niño sin ser pedófilo?

Porque los delitos sexuales contra menores no responden a una única motivación.

La existencia de una preferencia sexual hacia niños constituye un factor relevante, pero no es la única explicación posible de una agresión sexual.

La investigación de Seto ha mostrado precisamente que pedofilia y agresión sexual contra menores están relacionadas, pero no son conceptos equivalentes. En su revisión de 2009 señalaba que quizá alrededor de la mitad de los delincuentes sexuales con víctimas infantiles no cumplirían los criterios de pedofilia.

Esto significa que detrás de determinados abusos pueden intervenir otros factores.

La conducta sexual delictiva puede aparecer asociada, dependiendo del individuo, a características antisociales, impulsividad, dificultades para establecer relaciones adultas, búsqueda de oportunidades, desinhibición, consumo de sustancias, distorsiones cognitivas, problemas de autocontrol u otros factores psicológicos y situacionales.

Nada de ello excusa la conducta.

Simplemente demuestra que no existe un único perfil de abusador sexual infantil.

Y esto tiene enormes implicaciones para la prevención.

Atracción sexual y comportamiento no son lo mismo

Los seres humanos experimentamos pensamientos, emociones, impulsos y deseos que no necesariamente convertimos en acciones.

Esta diferencia entre mundo interno y comportamiento es elemental en psicología, pero adquiere una importancia extraordinaria cuando hablamos de pedofilia.

Una persona que experimenta atracción hacia menores puede decidir no acercarse sexualmente jamás a un niño, no consumir material de abuso sexual infantil y adoptar medidas destinadas a evitar cualquier situación de riesgo.

Eso no convierte la atracción en algo deseable ni elimina la necesidad de atención profesional cuando corresponda.

Significa simplemente que la existencia de una atracción no determina inevitablemente una conducta delictiva.

La literatura científica respalda precisamente la existencia de personas con intereses pedofílicos que no tienen delitos sexuales conocidos contra menores.

Esta diferencia es fundamental porque permite introducir el concepto más importante de todo este artículo:

prevención primaria.

¿Qué ocurriría si una persona pide ayuda antes de cometer un abuso?

Imaginemos una situación.

Una persona comienza a identificar en sí misma una atracción sexual hacia niños. Nunca ha abusado de ninguno, pero esa atracción le preocupa.

¿Qué queremos socialmente que haga esa persona?

La respuesta debería resultar evidente:

que solicite ayuda profesional y que no exista jamás una víctima.

Sin embargo, aquí aparece una paradoja.

Si transmitimos que cualquier persona que experimente una atracción pedofílica es automáticamente un abusador sexual infantil, pedir ayuda implica reconocer ante otra persona una característica extraordinariamente estigmatizada.

Eso puede favorecer el ocultamiento.

Desde una perspectiva preventiva, necesitamos mantener simultáneamente dos principios que no son contradictorios:

El abuso sexual infantil es absolutamente inaceptable.

Y:

una persona que teme poder representar un riesgo debe poder buscar ayuda antes de cometer un delito.

El objetivo último de ambas afirmaciones es exactamente el mismo: proteger a los menores.

Pedofilia tampoco significa automáticamente trastorno pedofílico

Existe además otra distinción que suele perderse en los titulares.

La clasificación psiquiátrica diferencia conceptualmente entre un interés parafílico y un trastorno parafílico.

En el caso del trastorno pedofílico, el DSM-5-TR establece criterios específicos. El Manual MSD señala que para el diagnóstico deben existir fantasías, impulsos o comportamientos recurrentes e intensos durante al menos seis meses y que la persona haya actuado sobre los impulsos o presente las circunstancias clínicas establecidas por los criterios diagnósticos.

Por tanto, tampoco resulta científicamente correcto diagnosticar a alguien simplemente porque un tercero considere que presenta una conducta extraña o preocupante.

Los diagnósticos corresponden a profesionales especializados.

¿Todos los abusadores de niños tienen la misma motivación?

No.

Y probablemente este sea uno de los errores más importantes que podemos cometer cuando intentamos comprender el abuso sexual infantil.

La etiqueta popular de pederasta puede hacernos imaginar un único tipo de agresor con una única motivación sexual.

La realidad criminológica y psicológica es considerablemente más heterogénea.

Existen diferencias en preferencias sexuales, características de personalidad, capacidad de autocontrol, circunstancias vitales, antecedentes delictivos y otros factores.

Precisamente por ello, la evaluación clínica del riesgo no debería reducirse a una sola pregunta:

«¿Esta persona es pedófila?»

Hay que estudiar también numerosos factores relacionados con la conducta.

Una persona puede presentar una determinada preferencia y mantener un control absoluto sobre sus actos.

Otra puede presentar múltiples factores de riesgo asociados a comportamientos abusivos.

La prevención eficaz necesita comprender esa diferencia.

¿Significa esto que la pedofilia no supone ningún riesgo?

Tampoco.

Sería un error pasar de una simplificación a la contraria.

La pedofilia está empíricamente relacionada con la comisión de delitos sexuales contra niños. Seto señala que tanto quienes cometen delitos relacionados con material de abuso sexual infantil como quienes han cometido delitos sexuales con víctimas infantiles presentan con mayor frecuencia indicadores de pedofilia que otros grupos.

Por tanto, distinguir atracción y comportamiento no significa negar la relación existente entre ambos.

Significa comprender correctamente esa relación.

En términos sencillos:

la pedofilia puede constituir un factor de riesgo, pero no convierte el abuso en inevitable.

Y, de la misma manera:

la ausencia de pedofilia no garantiza que una persona no pueda cometer un abuso sexual contra un menor.

Son dos ideas fundamentales para construir políticas preventivas basadas en evidencia.

El problema de utilizar «pedófilo» como sinónimo de delincuente sexual

En el lenguaje cotidiano es muy habitual llamar pedófilo a cualquier persona que haya cometido un delito sexual contra un menor.

Desde el punto de vista emocional puede entenderse.

Desde el científico introduce confusión.

Si denominamos pedófilos a todos los abusadores sexuales infantiles, terminaremos estudiando conjuntamente poblaciones que pueden presentar características psicológicas diferentes.

Y entonces nuestras conclusiones serán menos precisas.

Para investigar adecuadamente necesitamos saber qué estamos estudiando:

  • personas con intereses pedofílicos que nunca han cometido delitos;
  • personas con pedofilia que sí han cometido delitos sexuales;
  • personas que han cometido delitos sexuales contra menores sin presentar una preferencia pedofílica;
  • y personas con diferentes factores adicionales de riesgo.

Solamente distinguiendo estos grupos podemos averiguar qué elementos aumentan o reducen la probabilidad de que una atracción termine convirtiéndose en una conducta.

La diferencia también importa para el tratamiento

No todas las personas necesitan exactamente la misma intervención.

Cuando existe un trastorno pedofílico, pueden utilizarse diferentes estrategias terapéuticas. El Manual MSD señala tratamientos basados en psicoterapia a largo plazo y, en determinados casos, medicamentos dirigidos a disminuir el impulso sexual.

Pero el tratamiento y la prevención de la delincuencia sexual pueden necesitar abordar además otros factores: autocontrol, consumo de sustancias, rasgos antisociales, distorsiones cognitivas, problemas emocionales o determinadas situaciones de riesgo.

La evidencia científica sobre la efectividad de las intervenciones presenta todavía limitaciones importantes. Una revisión sistemática sobre tratamientos destinados a prevenir la reincidencia advertía de debilidades significativas en la evidencia disponible y, especialmente, de la escasez de investigación preventiva de calidad sobre personas de riesgo que todavía no habían cometido abusos.

Precisamente ahí existe uno de los grandes desafíos de futuro.

Prevenir antes de que exista una víctima

Tradicionalmente, buena parte de los recursos destinados a la delincuencia sexual se han concentrado necesariamente en personas que ya habían cometido un delito.

Pero desde el punto de vista de la protección infantil existe una pregunta inevitable:

¿podemos intervenir antes?

Una estrategia preventiva verdaderamente ambiciosa debería facilitar que quien detecte pensamientos, intereses o impulsos preocupantes pueda recurrir confidencialmente a profesionales especializados.

El objetivo no sería justificar sus atracciones.

Sería establecer barreras eficaces entre esas atracciones y cualquier posible conducta.

Tratamiento psicológico, control de impulsos, estrategias para evitar situaciones de riesgo y tratamiento de otros problemas psiquiátricos cuando existan pueden formar parte de esa prevención.

Porque el mejor abuso sexual infantil tratado es, evidentemente, el que nunca llegó a producirse.

¿Puede una persona pedófila vivir toda su vida sin abusar de un menor?

La evidencia disponible demuestra al menos que existen personas con intereses pedofílicos sin delitos sexuales conocidos contra niños.

No podemos conocer todos los comportamientos privados de todas las personas estudiadas, por supuesto, y esa limitación debe reconocerse.

Pero científicamente no existe fundamento para afirmar que toda persona que experimente esa atracción cometerá inevitablemente un abuso.

El determinismo resulta especialmente contraproducente aquí.

Si le decimos a alguien:

«Si tienes esa atracción, tarde o temprano abusarás de un niño»

estamos transmitiendo una idea que la evidencia no permite sostener y que, además, puede resultar perjudicial desde el punto de vista preventivo.

El mensaje debería ser otro:

tener una atracción no elimina la responsabilidad sobre la propia conducta. Precisamente porque existe responsabilidad, una persona puede y debe establecer límites absolutos para no causar daño.

¿Y qué ocurre con el material de abuso sexual infantil?

Existe otra confusión frecuente.

Consumir, poseer, producir o distribuir material de abuso sexual infantil constituye ya una conducta que victimiza a menores y puede constituir delito conforme a la legislación aplicable.

Por tanto, cuando hablamos de personas con atracción pedofílica que no han actuado sobre ella, no debemos confundir ausencia de contacto físico con ausencia de conducta dañina.

El Manual MSD señala además que el uso extensivo de este material puede constituir un indicador de atracción sexual hacia niños, aunque su posesión por sí sola no equivale automáticamente al diagnóstico clínico de trastorno pedofílico.

Es una distinción clínica, no una legitimación de ese comportamiento.

El lenguaje importa

Hay palabras que utilizamos para expresar nuestra condena moral y otras que necesitamos utilizar con precisión científica.

Ambas funciones son distintas.

Cuando hablamos de protección infantil necesitamos ser particularmente cuidadosos.

Pedofilia describe fundamentalmente un patrón de interés sexual.

Trastorno pedofílico es una categoría clínica con criterios diagnósticos determinados.

Abuso sexual infantil describe conductas que vulneran sexualmente a un menor.

Y pederastia, en el uso contemporáneo habitual en español, suele utilizarse para referirse a las prácticas sexuales abusivas con menores.

Mezclar permanentemente estos conceptos dificulta comprender el fenómeno.

Separarlos no disminuye la gravedad de ninguno.

¿Por qué puede resultar incómodo explicar esta diferencia?

Porque hablar de pedofilia despierta una reacción emocional inmediata.

Y es comprensible.

Estamos hablando de una cuestión estrechamente relacionada con uno de los daños más graves que puede sufrir un niño.

Pero la ciencia no puede seleccionar sus conclusiones en función de cuáles resulten más cómodas.

Si queremos proteger realmente a los menores necesitamos saber quién representa un riesgo, qué factores aumentan ese riesgo, qué personas pueden beneficiarse de una intervención preventiva y qué mecanismos permiten evitar que una fantasía o impulso termine convirtiéndose en una conducta.

Para responder a esas preguntas necesitamos precisión.

Comprender no es justificar

Este punto merece repetirse porque probablemente sea el que más fácilmente puede malinterpretarse.

Explicar que pedofilia y pederastia no son exactamente lo mismo no supone defender la pedofilia.

Explicar que no todas las personas con intereses pedofílicos han cometido abusos no resta gravedad a quienes sí los cometen.

Y explicar que algunos agresores sexuales de niños pueden no presentar pedofilia no reduce en absoluto su responsabilidad.

La conducta sexual con un niño es responsabilidad del adulto.

Siempre.

La finalidad de establecer estas diferencias es otra: comprender mejor para prevenir mejor.

Entonces, ¿todos los pedófilos son pederastas?

No.

La investigación disponible permite afirmar que pedofilia y abuso sexual infantil son fenómenos relacionados, pero no equivalentes. Existen personas con intereses pedofílicos sin antecedentes conocidos de contacto sexual con menores y, al mismo tiempo, existen agresores sexuales infantiles que no cumplen criterios de pedofilia.

Esta distinción debería cambiar nuestra forma de pensar la prevención.

La sociedad necesita perseguir las conductas delictivas, proteger y atender a las víctimas y reducir al máximo las oportunidades de abuso.

Pero también necesita construir mecanismos capaces de intervenir antes de que aparezca una víctima.

Una persona preocupada por una atracción sexual hacia menores debería tener una puerta a la que llamar antes de perder el control, no después.

Porque estudiar al potencial agresor no significa olvidarse del niño.

En realidad, puede significar exactamente lo contrario.

Significa intentar llegar a tiempo.


Referencias y fuentes

  • Seto, M. C. (2009). Pedophilia. Annual Review of Clinical Psychology, 5, 391-407. Revisión fundamental sobre la definición de pedofilia y su relación, no equivalente, con los delitos sexuales contra menores.
  • Seto, M. C. (2004). Pedophilia and sexual offenses against children. Annual Review of Sex Research, 15, 321-361. Revisión sobre evaluación, etiología y relación entre pedofilia y delitos sexuales contra niños.
  • American Psychiatric Association. Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, Fifth Edition, Text Revision (DSM-5-TR). Los criterios relativos al trastorno pedofílico aparecen resumidos y referenciados en la edición profesional del Manual MSD.
  • World Health Organization. Clinical Descriptions and Diagnostic Requirements for ICD-11 Mental, Behavioural or Neurodevelopmental Disorders. La CIE-11 incluye el trastorno pedofílico con el código 6D32 dentro de los trastornos parafílicos.
  • Manual MSD, versión profesional. Trastorno pedófilo. Revisión clínica actualizada en enero de 2026 sobre definición, criterios diagnósticos y tratamiento.
  • Långström, N. et al. Preventing sexual abusers of children from reoffending: systematic review of medical and psychological interventions. Revisión sistemática que destaca, entre otras cuestiones, las limitaciones de la evidencia sobre intervenciones preventivas y la necesidad de mejorar la investigación.
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