La alumna preferida

—¡Muy bien, Jimena! Como siempre, peque. Estoy supercontento. Anda, ven, acércate, que te ponga un gomet verde.
La niña, abrumada por la desmedida reacción de su nuevo profesor, que la mira fijamente, se levanta rápido del círculo en el suelo para recibir la condecoración en respuesta a una pregunta sin importancia. Una pegatina verde en el tirante del uniforme es objetivamente poca cosa, pero Jimena tiene seis años y, a esa edad y en ese entorno, la identifica ante los demás como poseedora de mérito, de buen comportamiento o de una conjunción de ambas cosas. La s
eñala como una niña buena y lista ante los otros niños y ante su madre. Una lástima que a su madre le importe bien poco todo lo que tenga que ver con Jimena.
Un exclusivo colegio privado británico
El entorno es un colegio privado británico, pijo y carísimo, en el extrarradio de Madrid, con sus zonas verdes y su arquitectura sostenible, que a saber qué es eso, pero, a mil euros mínimo por crío al mes, lo sostenible resulta una justificación indispensable. El entorno más concreto es el aula de Year 1, la de Jimena, que tutoriza desde hace algo más de un mes Larry.
Larry, el nuevo profesor de Jimena
Larry es casi un chaval. Tendrá poco más de treinta años, piel de un blanco lechoso moteada de pecas acá y allá, pelo rubio pajizo; es alto y patizambo. Tiene la cara redonda, como de torta aplastada, y dentadura británica. Todo en Larry es británico, porque es inglés y no habla ni una palabra de español. No es guapo, pero a todos los niños les gusta mucho porque es extraordinariamente simpático. En eso no parece inglés. A Jimena le gusta Larry más que a los otros niños. Normal, porque desde que está Larry, a Jimena le ponen gomets verdes y no la riñen a diario, como hacía la bruja de Miss Margaret.
Margaret era la tutora de Year 1 hasta que un día no vino más y, dos días después, llegó Larry y dijo que sería el sustituto de Margaret. Los niños no saben qué le ha pasado a la que era su tutora, pero ninguno ha preguntado porque están felices con el cambio.
La más feliz con el cambio es Jimena, que se llevaba especialmente mal con Margaret, aunque ella no sabía qué le había podido hacer a esa bruja para que le tuviera tanta inquina.
—Lo que le ocurre a esta —escuchó un día la niña que le decía Margaret a otra profesora, refiriéndose a ella— es que le falta un padre en casa.
Margaret nunca, ni una sola vez, le dijo algo que fuera mínimamente agradable; nunca le dedicó una sonrisa ni, por supuesto, le puso un gomet verde. Sí le escribió, en cambio, muchas anotaciones en la agenda referidas a su mal comportamiento. Tampoco era cariñosa con los demás.
¿Es Jimena realmente una niña problemática?
¿Jimena se porta mal? Bueno, eso depende de algunas consideraciones. Mal, tampoco. Ella es muy movida, charlatana, reclama la atención de todos a su alrededor, da guerra para comer, le cuesta estarse quieta en el pupitre y habla a destiempo sin respetar el turno de palabra. Lo que vendría a ser una niña de seis años.
Ocurre, y esto es importante, que Jimena es guapa de anuncio. Alta, espigada, delgada, con la piel blanquísima y sonrosada, sin mácula; unos ojos azulosos enormes; el pelo largo, rubio trigueño, lacio y ligeramente ondulado a media espalda, y una perfecta simetría que la convierte en una niña monísima. Una muñeca. Ella lo sabe, porque fue una bebé preciosa y ha crecido siendo igual de guapa en las diferentes etapas. Siempre ha recibido carantoñas de todo el mundo; todos le han dicho siempre lo guapa y lo perfecta que es. Tiene entonces por costumbre que la gente, en general, cuando la ve, no vea lo revoltosa que es ni lo poco obediente: ven su cara angelical y automáticamente son cariñosos con ella. Margaret, esa bruja, la tenía desconcertada. Afortunadamente, ahora está Larry, que actúa con ella como todo el mundo ha hecho siempre.
Todo el mundo no. Todos excepto su madre.
Una madre que nunca debió serlo
Jimena, monísima, es el resultado perfecto del capricho de una madre espectacular de treinta y cinco años, rica de cuna, directiva enchufada en un banco de inversión suizo, y del semen encapsulado de un desconocido en la mejor clínica de inseminación que, por puro azar, resultó ser el de un alemán cañón de vacaciones en Madrid que se quedó un pelín tieso y pensó que sesenta euros a cambio de una paja, ni tan mal.

La madre de Jimena no tiene ni idea de que por las venas de su rubísima princesa corre sangre teutona y tampoco le importa. Si pudiera volver atrás, jamás hubiera tenido a Jimena. Porque sí, la niña es una preciosidad y las fotos que decoran las paredes del chaletazo en el que viven así lo atestiguan, pero la cría es un coñazo y la tal Margaret tenía toda la razón. Movida… Eso son consideraciones muy laxas, muy poco ajustadas a la realidad. Es insoportable. No la aguanta. Le está cogiendo asco en serio y solo tiene seis años. Más de una vez, cada vez con más frecuencia conforme crece, la caprichosa que quiso ser madre como quien se compra un perrito se descubre horrorizada pensando en hacerle daño a Jimena. No una hostia que la amedrente: quiere hacerle daño en serio y que se calle de una maldita vez, que pare de brincar, que pare de «mamá esto, mamá lo otro», que se coma algo de lo que le pone sin tener que batallar, que se duche sola, que se duerma en su cama. No cree que sea tanto pedir. Cualquier perrito habría aprendido esas cosas en pocos meses.
La mujer, que no es más que una niña grande, rica y caprichosa, como ya hemos dicho, se equivocó. Ahora lo sabe. Ella quería un cachorrito mono y obediente de perro, pero su amiga Piluca tuvo a su hijo, le dio envidia el cuadro que veía durante los escasos minutos que la visitaba y decidió hacerse ella también un hijo, que fue Jimena. Le ha salido muy bonita, porque ella quería al niño como complemento, como un bolso de Hermès. Jimena es más bonita que el bolso, pero la desquicia y prefiere no ir con ella a ningún sitio. No le va a pegar. Seguramente. Cree. No lo ha hecho, al menos; no por falta de ganas, desde luego, pero se lo está poniendo muy difícil.
Una vida que empieza a complicarse
No solo Jimena: es la vida en general la que se le está poniendo un pelín cuesta arriba. Nada muy significativo tampoco, pero hay que tener en cuenta el perfil del personaje. En el trabajo las cosas no van tan bien como iban. Ella es licenciada en Económicas y sabe lo que hace, es buena; lo que no ha sido muy bueno es la política del banco. Van a venir recortes y puede que le toque a ella. Nada grave: su padre la enchufará en algún sitio, puede que en la aseguradora de la que es CEO. Aunque no sea algo muy grave, a ella le fastidia.
Lo otro es follar, sobre todo, y tener una pareja. Cuando se preñó a los veintinueve en un arrebato sin meditar, estaba buenísima, tenía —y tiene— un trabajo estable con un sueldazo, tenía —y tiene— un chaletazo ya pagado, al lado del de sus padres, que fueron quienes lo pagaron. Vamos, que tenía —y tiene— la vida resuelta y, encima, es guapa y está buena. Ella sale, liga y folla seguro, si quiere. A veces sin querer, solo porque es lo que toca.
La familia que ahora desea tener
Pero hace poco cumplió treinta y cinco y, como le pasó con lo del cachorrito, quiere una pareja, un marido. La culpa es otra vez de Piluca y de una breve visita que les hizo. Mateo es un poco mayor que Jimena y Alberto, su padre, el marido de Piluca, estaba allí ese día jugando con el crío. Lo conocía, sí, pero no en ese contexto: en casa, con el niño, como una familia. Ella quiere una también. De repente, se siente muy sola con Jimena.
El asunto está tremendamente apretado porque no hay clínicas para arreglar lo de la pareja y Jimena no ayuda en absoluto. El bolso es un problema enorme. Y cuando de entrada no lo es, cosa rara, la conocen y lo es. Se imaginan teniendo que aguantar a ese torbellino y ni todos los polvos del mundo lo justifican. Lo entiende. Se esfuerza en serio con ellos en la cama, lo da todo y ellos, en general, se lo reconocen y quieren repetir, pero ninguno quiere hacer de padre postizo de esa niña, de la que elogian su tremenda belleza, pero «entiéndeme, es difícil la muñequita». Y ella asiente, porque los entiende, claro.
El misterioso pasado de Larry

Ya hemos contextualizado. Tenemos a una niña guapa pero insoportable, a una madre caprichosa que busca pareja y que se arrepiente de haber sido madre por encargo, y a Larry, del que sabemos poco porque es opaco el tío. O sea, es blanco como la leche, habíamos dicho; lo que es opaca es su biografía. No sabemos casi nada de él y lo que podríamos averiguar, si fuésemos a su carpeta de empleado en el colegio británico pijo y carísimo, no nos aclararía mucho, porque prácticamente ningún documento es real o, al menos, no completamente real.
Larry, si acaso se llama de ese modo, se ha esmerado en que su biografía se dibuje en un marasmo de datos inconcretos. Se ha marchado a otro país y ha tenido la suerte de encontrar este empleo que, bueno, rico no lo va a hacer —en caso de que ese fuese su objetivo vital, que no lo es—, pero le permite vivir tranquilo, aparentemente lejos de los problemas que haya podido tener en su nación de origen, y construirse un nuevo presente gracias a la falta de diligencia de las autoridades policiales españolas, que olvidaron la notificación de Interpol sobre alguien de sospechoso parecido con Larry, y de la directora del colegio británico pijo, que escuchó el acento perfecto del tipo y aceptó fotocopias en vez de documentos oficiales.
La negligencia del colegio
Una breve llamada de cinco, quizá diez minutos, a cualquiera de las entidades emisoras de los certificados que el tal Larry le presentó habría bastado para, como mínimo, ponerlo en entredicho. Pero Margaret se había cogido la baja por neurótica y chiflada, haciéndole en el fondo un favor, y el tal Larry, de aspecto totalmente inglés y acento perfecto, le vino como anillo al dedo. Así que dio todo por bueno y, en su opinión, hizo bien, porque solo recibe comentarios positivos sobre Larry. Todo el mundo está más que encantado con él. Los niños lo adoran y los padres hablan maravillas de su entrega y dedicación, más allá de las que son estrictamente sus obligaciones. Un éxito lo del tal Larry.
La alumna preferida
Han pasado unos meses desde el día con el que comenzó el relato y Jimena recibió su gomet verde. Ha recibido muchos otros desde entonces; también palabras amables y cariñosas, caricias y la atención desmedida que ella solicita de continuo. Ya no es la revoltosa de la clase, la niña problemática. Ahora es su preferida.
—Eres mi preferida, rubia.
Santi A.
agosto 25, 2026 at 9:05 amMe ha impresionado el relato Juan, escribes muy bien, tienes talento para la escritura. El tema pues ya tal.