Juan Rivera Pascual

Escritura sin filtros desde dentro. Artículos, ensayos y reflexiones de quien tiene algo que decir y ha decidido decirlo.

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El capitán

El capitán: relato sobre grooming y captación de menores

—Tú quédate un momento, Nico. Los demás, a cambiarse. Venga, que os están esperando vuestros padres.

Nicolás se queda quieto en mitad del campo, con el balón sujeto contra la barriga y esa sensación maravillosa, casi eléctrica, de que ha ocurrido algo importante.

Los otros niños se marchan hacia los vestuarios empujándose, gritándose y acusándose mutuamente de haber hecho trampas durante el partidillo. Uno le da un balonazo a otro. Otro protesta porque quiere llevarse el peto azul. Dos discuten sobre si el último gol había entrado o no.

Nico no participa.

Mira a Sergio.

Sergio lo mira a él.

—Ven, campeón.

Nicolás tiene nueve años y hace aproximadamente tres meses que nadie lo llama campeón.

Un colegio de los buenos

El escenario es, otra vez, uno de esos colegios en los que supuestamente nunca pasa nada.

Nunca nada malo, se entiende.

Porque para eso cuesta ochocientos y pico euros al mes, más comedor, más ruta, más uniforme, más actividades, más una cuota voluntaria que es voluntaria de una forma bastante parecida a como es voluntario llevar pantalones para salir a la calle.

Es un colegio privado de Madrid, bilingüe, moderno, estupendo y lleno de cristaleras.

Tiene campo de fútbol, piscina cubierta, dos pistas de pádel, laboratorio, huerto ecológico y una directora que dice «proyecto educativo» aproximadamente diecisiete veces cada vez que abre la boca.

Los padres están encantados.

Nicolás también, más o menos.

Lleva allí desde los tres años y conoce a todo el mundo. Es uno de esos niños que forman parte del mobiliario del colegio: profesores que ya no le dan clase lo saludan por el nombre, la señora de recepción sabe quién es su madre y el conserje le pregunta algunos lunes si ganó el Madrid.

Nico juega al fútbol.

No demasiado bien.

Tampoco demasiado mal.

Hasta hace poco era uno más.

Desde que llegó Sergio, ya no.

Sergio, el entrenador nuevo

Sergio apareció en octubre para sustituir a Rubén, el entrenador de fútbol de Primaria, que se había marchado a otro colegio.

Tendrá treinta y tantos. Quizá cuarenta. Es difícil calcularlo porque está muy en forma, lleva siempre barba de tres días perfectamente calculada y viste con ropa deportiva incluso cuando no está haciendo deporte, que es una de esas cosas que algunos hombres consiguen convertir en profesión.

Es simpático.

Muchísimo.

Se sabe los nombres de todos los niños desde la segunda semana, celebra los goles como si estuviera entrenando al Atlético de Madrid y no a doce críos de nueve años que todavía se distraen cuando pasa un avión, y jamás parece enfadarse.

Cuando alguno falla, Sergio no grita.

—No pasa nada, máquina. Otra vez.

Cuando alguno mete un gol:

—¡Eso es! ¡Qué barbaridad!

Cuando pierden:

—Me da igual el resultado. Estoy orgulloso de vosotros.

A los padres les encanta.

A los niños más.

Y a Nicolás muchísimo más.

Un niño bastante normal

Nico no tiene nada especialmente llamativo.

No es el más guapo de la clase ni el más listo ni el más alto ni el más divertido. Tampoco es el peor en nada.

Es un niño de nueve años razonablemente mono, delgado, con el pelo castaño siempre un poco demasiado largo porque a su madre se le olvida pedir cita en la peluquería, ojos marrones, dos paletas ligeramente separadas y unas rodillas que parecen vivir permanentemente decoradas con algún moratón.

Habla poco con los adultos y muchísimo con los niños.

Le gustan el fútbol, Minecraft, los dinosaurios aunque niegue ya que le gustan los dinosaurios porque considera que eso es de pequeños, los macarrones con tomate y dormir en la cama de su padre cuando tiene pesadillas.

O le gustaba.

Lo de dormir con su padre se acabó hace unos meses.

Su padre ya no vive en casa.

El padre de Nico

El padre de Nicolás se llama Fernando y se fue de casa en junio.

No desapareció.

No abandonó a su hijo.

No es un monstruo.

Simplemente se enamoró de otra mujer y, después de un año de discusiones bastante poco discretas con la madre de Nico, cogió sus cosas y se mudó a un piso a veinte minutos.

Ve a Nicolás fines de semana alternos y un miércoles sí y otro no.

O eso dice el convenio.

La realidad es más creativa.

Fernando trabaja mucho, viaja bastante y su nueva novia no tiene hijos. Los fines de semana que inicialmente parecían destinados a Nicolás han empezado a sufrir modificaciones.

Que si este sábado tengo una boda.

Que si te recojo mejor el domingo.

Que si el miércoles tengo una reunión.

Que si el próximo finde nos vamos fuera, campeón, pero al siguiente hacemos algo tú y yo.

Campeón.

Fernando también lo llamaba campeón.

Por eso hacía tres meses que nadie lo llamaba así.

La madre de Nico

Alicia sí está.

Está muchísimo.

Está tanto que no puede más.

Tiene treinta y nueve años, un trabajo de jornada completa, un divorcio en marcha, una hipoteca que ahora le parece bastante más grande que cuando había dos nóminas pagándola y un hijo que pregunta por su padre cuando ella está intentando activamente no pensar en él.

Quiere a Nicolás.

Muchísimo.

Esto conviene aclararlo porque hay padres negligentes por desinterés y otros que simplemente están desbordados, y las consecuencias, vistas desde los ojos de un niño, pueden parecerse más de lo que a los adultos nos gustaría admitir.

Alicia llega tarde.

Alicia contesta correos mientras Nico cena.

Alicia mira el móvil mientras él le cuenta que Sergio lo ha puesto de delantero.

—Qué bien, cariño.

—Y me ha dicho que tengo mucha visión de juego.

—Qué bien.

—Y que si entreno puedo ser muy bueno.

—Ajá.

—Mamá.

—Dime.

—No me estás escuchando.

Entonces Alicia levanta la vista.

—Claro que te estoy escuchando, Nico.

Pero no tiene ni idea de qué le acaba de decir.

El niño que necesitaba que alguien lo mirase

Sergio sí escucha.

Eso es lo primero.

Puede parecer una tontería.

No lo es.

Los adultos solemos pensar que para ganarse la confianza de un niño hacen falta regalos, grandes promesas o estrategias sofisticadísimas.

A veces basta con escuchar.

Escuchar de verdad.

—¿Qué tal con tu padre?

Nico se encoge de hombros.

—Bien.

—¿Lo ves este finde?

—Creo que no.

—¿Por?

—Se va con Marta.

Sergio sabe quién es Marta.

Nicolás se lo contó dos semanas antes.

También sabe que Fernando prometió llevarlo al Bernabéu y canceló el plan. Sabe que Nico duerme peor desde que sus padres se separaron. Sabe que odia que su madre le diga que «ya hablaremos» porque normalmente significa que no hablarán.

Lo sabe porque pregunta.

Y, sobre todo, porque recuerda las respuestas.

—Pues él se lo pierde —dice Sergio.

Nico sonríe.

—Tú vales mucho, chaval.

Y el niño vuelve a sonreír.

El capitán

Lo que Sergio quería decirle aquel viernes, cuando mandó a los demás al vestuario y le pidió que se quedara, era que había decidido nombrarlo capitán para el partido del sábado.

Nico abre muchísimo los ojos.

—¿Yo?

—Tú.

—Pero Marcos juega mejor.

—Ser capitán no es jugar mejor.

—Ya.

—Es tener algo aquí.

Sergio le da dos golpecitos con un dedo en el pecho, a la altura del escudo de la camiseta.

—Y tú lo tienes.

Aquella noche Nicolás se lo cuenta a su madre aproximadamente once veces.

Alicia lo escucha en cinco.

En tres responde.

En una le da un beso y le dice que está orgullosísima.

Nico duerme con el brazalete de capitán encima de la mesilla.

El sábado pierden cuatro a uno.

Le da exactamente igual.

Los privilegios pequeños

Después vienen cosas pequeñas.

Tan pequeñas que enumeradas parecen ridículas.

Sergio le deja guardar el material.

Le permite elegir los equipos durante los entrenamientos.

Alguna vez le compra una bebida isotónica en la máquina.

Le presta unas botas que supuestamente ya no utiliza.

Cuando los niños hacen demasiado ruido, dice:

—A ver si aprendéis de Nico.

Nicolás nunca había sido el ejemplo de nada.

Ahora lo es.

Cuando entrega las notas del trimestre y aparecen dos «necesita mejorar», Sergio le dice que las notas no determinan lo que vale una persona.

Cuando Fernando vuelve a cancelar un fin de semana, Sergio le deja tirar penaltis después del entrenamiento.

Cuando Alicia llega quince minutos tarde a recogerlo, Sergio se queda con él.

—Tu madre trabaja mucho, ¿eh?

—Sí.

—Estás muchas veces solo.

—No.

—Bueno, solo no. Ya me entiendes.

Nico asiente.

Sí.

Lo entiende.

Todo el mundo adora a Sergio

Los padres hablan maravillas del entrenador en el grupo de WhatsApp.

Que si qué implicado.

Que si qué cariñoso.

Que si los niños están motivadísimos.

Que si por fin alguien entiende que el deporte escolar no consiste solo en competir.

Alicia participa poco en el grupo, pero un día escribe:

«Nico está encantado con él».

Varias madres ponen corazones.

El padre de Marcos responde:

«Sergio es un crack».

Y eso queda establecido.

Sergio es un crack.

La realidad funciona muchas veces así. Alguien consigue una etiqueta positiva y, a partir de entonces, todo lo que hace se interpreta a través de ella.

Si se queda veinte minutos más con un niño, es porque es entregado.

Si sabe demasiadas cosas sobre su vida familiar, es porque se preocupa.

Si tiene favoritos, es porque sabe potenciar las capacidades individuales.

Si cruza una pequeña frontera, nadie la identifica como frontera porque, joder, estamos hablando de Sergio.

El crack.

El primer secreto

El primer secreto es una tontería.

Por supuesto.

Los secretos importantes casi nunca empiezan siendo importantes.

—No digas que te he dejado tirar los penaltis después de la hora, ¿vale? Los demás se pondrían pesados.

—Vale.

—Es nuestro secreto.

Nico sonríe.

Nuestro secreto.

No hay nada malo.

Realmente no lo hay.

Otro día le deja entrar en el pequeño cuarto donde guardan balones, conos, petos y material deportivo para elegir el balón nuevo que utilizarán el sábado.

—Pero no se lo cuentes a los otros, que luego quieren entrar todos.

—Vale.

Otro secreto.

Después está lo de las botas.

—Tu madre igual se enfada si sabe que te las he dado.

—¿Por qué?

—Porque han costado una pasta. Dile que son viejas.

—Vale.

Otro.

Son secretos diminutos.

Inofensivos, considerados uno a uno.

El problema es que Nicolás está aprendiendo algo sin saber que lo está aprendiendo.

Está aprendiendo que guardar secretos con Sergio es normal.

El móvil

Nico tiene móvil.

Alicia juró que no tendría uno hasta los doce.

Lo tuvo a los nueve.

La explicación oficial fue que, con el divorcio, necesitaba poder comunicarse con ambos progenitores.

La verdadera es que todos sus amigos tenían uno y Nicolás dio la tabarra hasta que Alicia, agotada, cedió.

Tiene controles parentales.

Fantásticos.

Una maravilla.

El problema de los controles parentales es que controlan aplicaciones, horarios, contenidos y descargas, pero no pueden sentarse al lado de un niño y preguntarle quién está hablando con él.

Una tarde Sergio crea un grupo para el equipo.

Eso sí lo sabe Alicia.

Hay doce niños, varios padres y Sergio.

Perfecto.

Unos días después Nico recibe un mensaje privado.

Buen entrenamiento hoy, capitán.

Nicolás responde con un emoji.

Luego otro mensaje.

No hagas caso a Marcos. Está celoso porque eres mi capitán.

Nico sonríe.

A partir de ahí empiezan a hablar alguna vez.

De fútbol, fundamentalmente.

Del Real Madrid.

De jugadores.

De partidos.

De las notas.

De Fernando.

De Marta.

De Alicia.

El adulto que comprende

—Mi madre está todo el día enfadada.

Está cansada.

—Ya.

Los adultos a veces pagamos nuestros problemas con quien no debemos.

Nicolás tarda en responder.

—Mi padre pasa de mí.

Sergio escribe enseguida.

Tu padre se equivoca.

Y después:

Yo si tuviera un hijo como tú estaría orgulloso.

Nicolás lee esa frase tres veces.

No responde.

No porque le moleste.

Todo lo contrario.

No sabe qué responder porque de repente tiene un nudo raro en la garganta.

Nueve años.

Eso tiene.

Nueve.

Una oportunidad para verlo

Alicia podría haber visto esos mensajes.

Fernando también.

Ninguno los ve.

No porque sean malos padres.

Porque nadie mira.

Porque el móvil de Nicolás parece una cuestión menor comparada con abogados, horarios, facturas, reuniones y reproches entre dos adultos que todavía están demasiado ocupados haciéndose daño como para darse cuenta de que, en medio, hay un niño intentando comprender por qué su familia ha desaparecido.

Y porque Sergio no escribe nada que, leído aisladamente, resulte escandaloso.

Ese es el detalle.

No hay una frase definitiva.

No hay un mensaje que diga: atención, peligro.

Hay cien pequeñas cosas.

Una madre agradecida

Un jueves Alicia llega casi media hora tarde.

Nicolás está con Sergio junto a la puerta del pabellón.

—Perdón, perdón, perdón —dice ella bajándose del coche—. Ha sido imposible salir antes.

—Tranquila —responde Sergio—. Si por mí no hay problema.

—De verdad, muchísimas gracias.

—Cuando haga falta.

Nico se mete en el coche.

—Tienes un hijo estupendo —añade Sergio.

Alicia sonríe.

Hace tiempo que nadie le dice nada agradable relacionado con su hijo.

—Cuando quiere.

—No, en serio. Es especial.

Durante el camino de vuelta, Alicia le pregunta a Nico qué tal el entrenamiento.

—Bien.

—Sergio es encantador.

—Sí.

—Qué suerte habéis tenido con él.

Nicolás mira por la ventanilla.

—Sí.

Mucha suerte.

La confianza se construye despacio

Las cosas peligrosas tienen la mala costumbre de no parecer peligrosas al principio.

Si Sergio hubiera aparecido el primer día exigiendo secretos, contacto privado y tiempo a solas con Nicolás, probablemente alguien habría levantado una ceja.

Pero no hizo eso.

Primero fue simpático con todos.

Después especialmente atento con Nico.

Luego lo convirtió en capitán.

Después llegaron las conversaciones.

Más tarde los secretos pequeños.

Y cada paso convirtió el siguiente en un poco más normal.

Eso es importante.

Porque los niños no evalúan las relaciones como un adulto sentado tranquilamente frente a todos los hechos.

Las viven.

Un día detrás de otro.

Y lo que ayer habría resultado extraño hoy puede parecer perfectamente normal si alguien se ha ocupado de construir el camino adecuado para llegar hasta allí.

El entrenador que nunca debió ser contratado

Sergio tiene experiencia.

Eso pone en su currículum.

También tiene referencias.

Eso dice el director deportivo.

Lo que nadie hizo fue comprobar demasiado las referencias.

Había prisa.

Rubén avisó con poco margen, comenzaba la liga escolar y hacía falta un entrenador.

Sergio tenía titulación, disponibilidad inmediata y una manera estupenda de tratar con los niños.

Perfecto.

Una llamada a su anterior club habría sido interesante.

No porque allí hubiera una denuncia.

No la hubo.

Había habido comentarios.

Una madre que consideraba que escribía demasiado a su hijo.

Otro padre al que le pareció extraño que regalara material deportivo a determinados jugadores.

Un coordinador que le pidió que toda comunicación se realizara exclusivamente a través de los grupos oficiales.

Nada concluyente.

Nada denunciable.

Nada que figurase en ningún certificado.

Pero suficiente para que el club decidiera no renovarlo.

El colegio de Nicolás nunca llamó.

Las normas que existen para algo Niño en vestuario mirando móvil

El colegio sí tiene un protocolo.

Por supuesto que tiene un protocolo.

Tiene treinta y siete páginas.

Está alojado en una carpeta compartida.

Hay normas sobre comunicación con menores, permanencia a solas, vestuarios, recogidas, actividades y canales digitales.

Es un protocolo magnífico.

El problema es que los protocolos tienen una particularidad bastante molesta: para proteger a alguien hay que cumplirlos.

Sergio no debería escribir directamente a Nicolás.

No debería darle regalos.

No debería generar secretos.

No debería favorecer situaciones innecesarias en las que ambos estén solos.

No debería convertirse en su confidente sobre asuntos familiares.

Por separado, cada incumplimiento parece pequeño.

Juntos cuentan una historia distinta.

Pero nadie los ha juntado.

Todavía.

Marcos

Curiosamente, quien primero detecta que algo no le gusta tiene nueve años.

Marcos.

El que juega mejor que Nico.

—Sergio te tiene enchufado.

—Porque soy capitán.

—Eres capitán porque te tiene enchufado.

—Cállate.

—Y siempre te quedas con él.

—Porque ayudo.

—Pues a mí me parece raro.

Nicolás empuja a Marcos.

No muy fuerte.

Lo suficiente.

—Eres un puto envidioso.

Sergio ve la discusión.

Pregunta qué ocurre.

Nico no se lo cuenta.

Por primera vez guarda un secreto que Sergio no le ha pedido guardar.

Y eso significa que el aprendizaje ya está funcionando solo.

La persona de confianza

Fernando vuelve a cancelar otro sábado.

Esta vez Nicolás llora.

No delante de su madre.

En el baño.

Después escribe a Sergio.

Mi padre no viene.

La respuesta tarda menos de un minuto.

Lo siento, campeón.

Nico escribe:

Me da igual.

Sergio sabe que no.

Claro que no te da igual. Y no pasa nada porque te duela.

Nicolás se queda mirando la pantalla.

Después llega otro mensaje.

Puedes contarme siempre lo que quieras. Yo no te voy a fallar.

Ahí está.

Una frase preciosa.

Reconfortante.

Exactamente la frase que Nicolás necesita leer.

Y exactamente la clase de promesa que un adulto responsable nunca debería utilizar para colocarse emocionalmente en el lugar que corresponde a la familia de un niño.

Pero Nicolás tiene nueve años.

No sabe nada de eso.

Solo sabe que su padre le ha fallado otra vez.

Y Sergio acaba de prometerle que él no lo hará.

El problema de los niños vulnerables

Solemos imaginar al niño vulnerable de una forma demasiado sencilla.

Un niño abandonado.

Maltratado.

Solo.

Sin familia.

Nicolás no encaja.

Tiene una madre que lo quiere.

Tiene un padre que también lo quiere, aunque últimamente lo demuestre bastante mal.

Vive en una casa estupenda.

Va a un colegio carísimo.

Tiene ropa, comida, vacaciones, videoconsola, amigos y una habitación llena de cosas.

No le falta nada.

Salvo que sí.

Le falta algo.

Y Sergio lo ha visto.

Eso basta.

Un viernes cualquiera

Han pasado seis meses desde que Sergio llegó al colegio.

Nicolás juega mejor al fútbol.

Mucho mejor.

También ha cambiado alguna cosa.

Ya no cuenta tanto en casa lo que ocurre en los entrenamientos.

No porque Sergio le haya ordenado que calle.

No hace falta.

Hay cosas que son «suyas».

De Sergio y de él.

Su madre continúa encantada con el entrenador.

El director deportivo también.

Los padres siguen diciendo que es un crack.

Marcos ya no protesta porque Sergio le echó una bronca seria por «meter mierda entre compañeros».

Y Nico continúa siendo capitán.

Ese viernes termina el entrenamiento.

Los niños salen.

Nicolás recoge su mochila.

Mira el móvil.

Tiene un mensaje.

¿Puedes quedarte diez minutos? Quiero enseñarte una cosa.

Nico mira hacia la puerta.

Su madre todavía no ha llegado.

Contesta.

Sí.

Sergio aparece al fondo del pasillo.

—Ven, capitán.

Nicolás guarda el teléfono.

Y va.

Porque Sergio es su entrenador.

Porque su madre confía en él.

Porque el colegio confía en él.

Porque todo el mundo dice que es fantástico.

Porque le ha enseñado que los secretos entre ellos son normales.

Porque sabe escuchar.

Porque nunca le falla.

Porque lo llama campeón.

Y porque nadie le ha explicado a Nicolás que un adulto puede ser amable, atento, divertido y querido por todo el mundo y, aun así, estar cruzando límites que existen precisamente para protegerlo.

Nicolás tiene nueve años.

No debería ser él quien tuviera que darse cuenta.

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